Capítulo 11 de Estás aquí [Cristina González, novela romántica]

Este capítulo es para los que estáis leyendo esta novela en Wattpad. Ya os he explicado el problemita que tenemos allí, no puedo pegar el capítulo del word a la web y tardaría años en transcribirlo. Así que os lo dejo por aquí y espero que lo disfrutéis mucho!!!

Podéis dejar comentarios aquí abajo :D

11

 

 

—Buenas noches —saludó Regina.

Claudinne miró a ambos lados con la intención de descartar la presencia de otras personas. Al ver que estaban solas, se relajó un poco. Solo un poco.

—Puedes sentarte, si quieres —invitó la intrusa.

Pero Claudinne no movió ni un dedo. Es más, casi adoptó una posición defensiva, como si estuviese a punto de ser atacada por la esposa del hombre con el que se había acostado la noche anterior. No sería extraño que Regina intentase hacerle daño y Claudinne era consciente de ello.

—Está bien, hablaremos así… Casi es mejor que haya cierta… Distancia entre nosotras… —dijo mirando a su alrededor.

Claudinne tuvo la sensación de que aquella mujer estaba criticando sutilmente el reducido tamaño de aquel apartamento. No dijo nada. Todavía recordaba aquella famosa frase: “somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras”. La dijo un famoso escritor, pero era su tía Amber quien solía repetirla con frecuencia.                                    —Verás, Claudinne… Christopher es un cazador de títulos —empezó Regina escogiendo las palabras adecuadas con la precisión de un cirujano.

Claudinne se limitó a enarcar una ceja. Tenía muy claro que Christopher había cambiado y que debía conocerlo a fondo antes de decidir si quedaba algo de aquel muchacho de quince años del que se había enamorado cuando ella tenía esa misma edad. Y también suponía que Regina estaba allí para poner a su marido en evidencia delante de su amante y así cargarse de un plumazo aquella relación adúltera. Por tanto, esperaba escuchar de todo menos lindezas.

Aunque… Tal vez… Le conveniese escuchar.

Así que se sentó en el sofá sin perder de vista a la heredera de los marqueses de Chestertown y la miró, dispuesta a escuchar lo que ésta tuviese que decir.

—Me imagino que sabrás, como futura duquesa de Rotheway, que posees un linaje muy apetitoso para todo aquel que ande en busca de una pizca de sangre azul para su descendencia. Es decir… Que tienes un excelente pedigrí —soltó casi con tono de burla—. Mejor que el mío, diría yo.

Claudinne tragó saliva. Para que aquella mujer tuviese aquella información tenía que haberse molestado en investigar… Porque no creía en que Christopher le hubiese hablado a su esposa acerca de ella, ¿o sí? Quiso responder que ya quedaba muy poco color azul en su sangre y que probablemente terminara por diluirse del todo, porque no le atraía en absoluto aquel estilo de vida y además, era probable que jamás llegase a heredar dicho título si sus padres continuaban desaparecidos. Pero calló. No quería ser esclava de sus palabras, pues a saber a oídos de quien podrían llegar.

Ambas se miraron fijamente. Los ojos esmeraldas de Regina acuchillaban todo aquello en lo que se posaban, excepto a Claudinne, cuya mirada serena pero impenetrable, hacía de ella un sujeto muy difícil de calibrar.

Como la esposa del señor Lowell vio que no obtenía respuesta, decidió continuar hablando. Tarde o temprano arrancaría alguna lágrima de los ojos de la dependienta y algún jadeo de sorpresa.

—No sé si Christopher te habrá contado qué fue de él cuando desapareciste…

Entonces, a la mente de Claudinne acudieron las palabras que éste le había dicho mientras cocinaba el desayuno: “Fui un egoísta…”. Y tuvo la certeza de que no quería saber qué había ocurrido con él durante tantos años. Sabía que era conveniente que Chris se sincerase con ella, pero tenía la sensación de que no iba a gustarle oír en la clase de hombre que se había convertido hasta llegar a casarse con la serpiente que tenía delante. Una serpiente bellísima, elegante y de sangre azul. Pero con escamas y lengua viperina.

De nuevo, Claudinne decidió guardar silencio. Cualquier palabra que dijera podría ser utilizada por Regina como la punta de un hilo del cual tirar hasta desangrarla. Y no se lo iba a consentir. La observó. Vio una gran fachada formada por un cuerpo envuelto en un vestido negro ajustadísimo que prometía tener en la etiqueta la firma de un diseñador renombrado, quizá de esos que no están ni tan quiera al alcance del público general. El cabello lo llevaba recogido en un elaborado moño adornado con dos horquillas plateadas, seguramente también de firma. Los labios rojos y carnosos enmarcaban una sonrisa siniestra de dientes perfectos. Y por último los ojos.

Ojos de serpiente, capaces de engatusar a unos cuantos hombres hasta sacarles las entrañas y dejarlos intertes. Claudinne se estremeció ante aquel pensamiento, pero estaba segura de que aquella mujer no era otra cosa que un bello caparazón de un ser inhumano y sin escrúpulos.

—Christopher fue enviado a un internado donde se enganchó a la heroína y demás sustancias… Tuvo que desintoxicarse y después fue a la universidad donde conoció a unas cuantas mujeres que cayeron rendidas a sus encantos… Y cuando digo unas cuantas, Claudinne, digo muchas.

Claudinne mantuvo la mirada, sin un titubeo, sin vacilar ni un instante. Quizá Regina estuviese diciendo la verdad, pero ella quería pensar que Chris tuvo sus motivos para hundirse y que todo el mundo tiene derecho a las segundas oportunidades.

—Entonces, cuando decidió que un hombre como él necesitaba algo más… Se dedicó a perseguir mujeres… Como decirlo… Como tú y como yo. Hijas de barones, duques, condes, marqueses… Incluso alguna princesa asiática que se había dejado caer por la zona más selecta de Washington con su familia.

—¿Y por qué acabó contigo? No eres precisamente una princesa —y por primera vez Claudinne se vio tentada de abrir la boca.

—Porque me dejé engatusar. Me interesaba y me sigue interesando. Y no estamos hablando de amor —se molestó en puntualizar mientras cruzaba sus interminables piernas de un solo movimiento—. El asunto es… Si tú vas a dejar engatusarte también… O, por el contrario, vas a actuar como la mujer inteligente que eres y te vas a dar cuenta de qué es lo que Christopher ve realmente en ti.

Claudinne no quiso creerla. No quiso. Pero una parte de su estómago decidió contraerse y provocarle esa clase de náuseas que son difíciles de controlar. Su estómago sí la creía. Pero su corazón no. Quizá lo mejor sería centrarse en acabar el máster y marcharse al observatorio de Escocia lo antes posible, obligándose a sí misma a pensar que Christopher Lowell no era más que un recuerdo distorsionado y que los últimos días no habían existido. Ese, de hecho, había sido su plan original.

Sin embargo, ¿qué podía ver Chris en ella ahora mismo?, le preguntó esa parte coherente de su personalidad. Las probabilidades de que heredase su título de duquesa eran menores al uno por ciento. No tenía dinero (al menos no en las cantidades en las que se movía ese mundo). Se trataba de una estudiante trabajadora con la esperanza de acceder a una beca de investigación. Y eso era todo. Sin vestidos caros, sin coches caros, sin invitaciones a actos exclusivos, sin contactos glamurosos. Sin nada de lo que se supone que se le atribuye a una persona de sangre azul que ejerce su título.

—No soy nadie, Regina. Y creo que es mi mayor virtud. Todo lo que tengo ahora mismo es porque me lo he ganado trabajando duro. Esa parte de mi vida a la que te refieres no existe ya… Y no volverá a existir. Y Christopher creo que lo sabe —respondió audaz.

Regina volvió a sonreír.

—Tranquila, ya se encargará él de que recuperes todo lo que te han arrebatado. Eso sí… Recuerda que puede ser peligroso seguir por ese camino.

Y dicho aquello, la serpiente se levantó, en un paso alcanzó la puerta del apartamento y desapareció de allí.

Cuando la puerta estuvo bien cerrada, con la cadena echada y todas las vueltas de llave dadas, Claudinne se sentó de nuevo en el sofá y ordenó sus pensamientos. “Puede ser peligroso” y todo lo que la serpiente habría descubierto ya de ella. Entonces se dio cuenta de que quizá, si Regina siguiese investigando, acabaría por saber más de su historia personal que ella misma. Ya que Claudinne probablemente no tendría ni la milésima parte de recursos que la heredera de los marqueses de Chestertown para obtener según qué tipo de información.

Y si había algo que a Claudinne no le gustaba era ser la última en enterarse de lo que había sucedido con ella cuando tenía quince años, porque como bien había dicho Regina: podía ser peligroso. Quizá era hora de empezar a hacer preguntas. Quizá tendría que averiguar primero que había ocurrido con sus padres y cómo estaba la situación antes de plantearse si quiera tener una relación con Chris o con Philippe… O con nadie. Porque no se puede planificar un futuro sin tener un presente.

Dejó vagar su mirada con libertad. Miró la puerta, la pared pintada de ocre pálido, el diminuto cuadro de una playa, su escritorio lleno de apuntes, con el manual abierto y las cartas que había recogido un rato antes desparramadas sobre él. Sin querer se fijó más de la cuenta en una de ellas. Recordó que venía con la dirección escrita a mano y que el remitente era una dirección escocesa.

Sus pensamientos quedaron suspendidos en el vacío y sumano se alargó, acompañada de su brazo lo suficiente como para agarrar el sobre y atraerlo hacia sí. Lo abrió sin cuidado rasgando el sobre más de lo necesario. Extrajo un folio doblado en tres partes y se encontró bastante sorprendida cuando se reveló ante sus ojos una carta escrita a mano con una caligrafía inglesa que llamaba la atención por las florituras de sus trazos.

 

Querida hija;

Ahora que sabes lo que pasó me atrevo a escribirte. Espero que no nos guardes rencor ni a mí ni a tu padre. Te prometo que no había otra manera de ponerte a salvo. Esperamos resolver este asunto pronto, a no ser que surjan más contratiempos. Te escribo para suplicarte que tengas cuidado y paciencia. Sé prudente y cautelosa. Fíate de tu instinto. Nunca te quedes sola en lugares oscuros, jamás camines por calles poco transitadas. Cierra puertas y ventanas antes de dormir… Sabemos que has establecido contacto con la familia Lowell y que te estás viendo con Philippe Hinault. Cuídate de este último, es una persona peligrosa. Y en cuanto a los Lowell, sería conveniente que dejases de ver a Christopher hasta que todo esto llegue a su fin. Su esposa tiene una relación estrecha con el señor Hinault y, como te he dicho antes, se trata de un hombre al que tener en cuenta.

Ahora lee atentamente porque voy a contarte algunos detalles que tal vez no hayan llegado a oídos tuyos. Verás, tú tenías trece años cuando tu tío Max desapareció de un día para otro. Pasados dos meses fui a su casa y no se encontraba allí. Sin embargo, tu padre y yo pudimos ver toda su documentación guardada en los cajones de su mesa de despacho: pasaporte, documento de identidad, tarjetas de crédito… Todo. Acudimos a la policía y denunciamos su desaparición, ya que cualquier persona que se marcha por voluntad propia no deja todos sus documentos  y dinero abandonados. Pasó otro año y al no aparecer, sin pruebas, y sin indicios de absolutamente nada y dado que al morir la herencia que dejaba podía traer problemas si no había nadie que la administrara, se le declaró legalmente fallecido.

Entonces sus bienes pasaron a formar parte de nuestro patrimonio y fue en ese instante cuando empezaron a llegar cartas anónimas a casa y llamadas telefónicas a deshora desde números de teléfono ocultos o desconocidos.

Nos pedían ése dinero. Al parecer Max dejó una cantidad de deudas equivalente a todos sus bienes más la mitad de los nuestros, de tu padre y míos. Claro que nosotros jamás estuvimos al corriente de los trapicheos de mi hermano y todo nos pilló por sorpresa. Pensamos en acudir a la policía, pero entonces se nos advirtió. Querían el dinero y e incluso nos dieron un número de cuenta para ingresarlo, lo cual debíamos hacer en menos de un mes. Pero tienes que entender, hija, que cuando uno dispone de patrimonio, para obtener dinero de él debe venderlo o explotarlo de alguna manera y eso lleva un tiempo. Más de un mes.

Ellos no nos quisieron dar ese tiempo y nos amenazaron con hacerte daño si no cumplíamos con el plazo. Por eso te sacamos de Londres y te escondimos en casa de Amber, una prima lejana de William, nuestro mayordomo ¿lo recuerdas? Le estamos muy agradecidos a los dos y sabemos que ella significa mucho para ti y también tú eres algo muy especial para ella. Amber no sabe nada. Sólo que no podíamos hacernos cargo de ti y que necesitábamos su ayuda. No quisimos involucrarla y poneros a las dos en peligro.

Te estarás preguntando quiénes son ellos. Ellos no son nadie y lo son todo. La persona a la que Max debía dinero se hace llamar Z. Tu padre investigó y a Z se le conoce en Europa por estar involucrado en asuntos turbios que tienen que ver con tráfico de droga y trata de personas. Se cree que hace favores a gente que puede costeárselos e incluso a organismos gubernamentales de diversos países occidentales. No sabemos quién es más que eso, Z. Tiene una amplia red de hombres y mujeres que lo siguen y trabajan para él en todos los países. Opera sobre todo en Reino Unido, Francia, Ucrania, Bulgaria y Turquía. Y quiere hacerte daño porque sabe que si te localiza, nos tiene a nosotros, y si nos tiene nos podrá presionar para que paguemos todo el dinero que aún no hemos sido capaces de reunir en trece años.

Claudinne, te dejo escrito en otro folio un número de cuenta y en el sobre podrás encontrar una tarjeta de débito con cargo a esa misma cuenta para hacer gestiones por Internet si lo necesitas. Puedes sacar dinero de ella cuando quieras. Te insto a que te aprovisiones de efectivo y desaparezcas de París durante unos días, un mes será suficiente. Se ha revuelto el ambiente y no conviene que la tormenta te pille cerca.

También podrás ver un documento de identidad con tu fotografía y un nombre y apellido falsos con el que podrás utilizar la tarjeta de crédito y con el que te identificarás a partir de ahora hasta que volvamos a contactar contigo. No nos busques, por tu seguridad no dejaremos que nos encuentres para que Z no intente sacarte información.

Sé que ha sido duro tener que reconstruir tu vida desde cero y que ahora tienes proyectos interesantes entre manos… Sin embargo, es importante que me tomes en serio. Huye. Tu máster tendrá que esperar.

Te quiere,

Tu madre.

Martha Rotheway

P.D: cuídate mucho.

Claudinne mantuvo aquella carta en su mano durante unos minutos más. La leyó tres veces más y le hizo una fotografía con su móvil al número de cuenta de la BNP Paribàs. Vio que en el sobre había también una tarjeta plateada con el mismo número de cuenta inscrito en ella y un nombre: Helen Mathews, como titular de la misma.

Con un dedo, repasó los trazos realizados con pluma sobre aquel papel grueso que recordaba a las tarjetas de felicitación navideñas. Sin duda, se trataba de la llamativa caligrafía de su madre. Aún recordaba cómo había intentado enseñarla a ella cuando aún tenía unos ocho o nueve años. No había tenido ningún éxito. Claudinne jamás tuvo una letra bonita al escribir a mano y trajo por la calle de la amargura a más de un profesor, tanto de su antigua vida como de la nueva. Incluso la obligaron a leer en alto alguno de sus exámenes en la universidad por considerarlo del todo ilegible.

Dibujó con su dedo el nombre de su madre, repasando el hilo de tinta que había dejado la pluma al escribirlo. Martha.

—Me tienen vigilada… ¿Cómo saben tanto? —preguntó Claudinne en voz alta.

De repente empezaron a juntarse piezas en su cabeza. Justo cuando se había reencontrado Christopher todo se había vuelto del revés. Había aparecido Philippe. Primero en la tienda, luego corriendo por el parque, después había vuelto a la tienda. Siempre contando lo triste que estaba por la muerte de su madre. Le había regalado aquel collar de perlas ¿qué había hecho con él? Ah, sí, estaba escondido en el último cajón de su cómoda. No quería que Roger se lo viese puesto porque claramente no era el tipo de joya que Claudinne podía permitirse pagar.

Se levantó del sofá y abrió el último cajón. De él extrajo la caja aterciopelada con el logotipo del fabricante bordado en plata y soltó el cierre. Cogió las perlas y las acarició entre sus dedos. Suaves, redondeadas, casi perfectas…. Después miró la lágrima brillante que emergía de entre todas ellas. Y entonces recordó esa manía que tenía el señor Hinault de preguntar por sus padres y por su pasado. Cualquier tema de conversación siempre desembocaba en alguna pregunta acerca de su madre o de su infancia. ¿Qué pretendía averiguar?

Christopher había dicho: es un hombre peligroso. Su madre igual. La misma advertencia. Por supuesto, Claudinne sabía que Philippe conocía a Regina… ¿Pero mantenía una relación estrecha con ella? ¿Qué clase de relación? Un escalofrío recorrió su espina dorsal al sentir la evidencia que se revelaba ante ella. Entonces supo que era del todo imprudente ignorar aquella carta y sintió que la preocupación de su madre estaba bien fundada y quizá estuviera en peligro, aunque Claudinne no supiera calibrar hasta qué punto.  Necesitaba meditar a dónde iría, cómo haría para no dejar un rastro que Philippe pudiese seguir fácilmente.

Sin embargo en aquel momento no podía pensar con claridad. Porque su madre había escrito esa carta. Porque se había comunicado con su hija por primera vez en trece años.

Porque ahora la consideraba casi una extraña. Aunque fuese injusto para ella. Dejó caer su espalda sobre el colchón plegable del sofá y examinó aquella sensación familiar de que estaba completamente sola. Así es como se debía de sentir la gente cuando desmitifica a las personas que han sido su referencia desde la infancia. Cuando los hijos descubren que sus padres tienen defectos y que están casi tan perdidos como ellos, éstos dejan de ser una estrella polar a la que seguir por un cielo de color añil para convertirse en otros nómadas más del desierto. Claudinne supuso que eso era parte de la madurez: aprender a aceptar la imperfección de quienes te han educado. Suspiró y trató de mantener la mente en blanco para no dejarle hueco a la ansiedad.

Pero al final se rindió y las lágrimas pudieron con ella. Se preguntó varias veces por qué. Por qué no podía ser todo más fácil. Por qué no podía tener una vida normal. No quería ser rica. No quería ser duquesa. No quería tener a muchos hombres. Sólo deseaba dedicarse a un trabajo bonito y  vivir una existencia pacífica. Ella no tenía la culpa de que su tío Max fuese un amantes de las drogas y el sexo caro y de que por esas razones hubiese puesto en jaque a toda la familia. En aquel momento le odió con toda su alma. Su tío jamás se había comportado como una estrella polar, y lo agradecía. Así no había tenido que desmitificarlo cuando Christopher le contó todo.

—¿Y cómo ha conseguido él esa información? —se preguntó por primera vez Claudinne.

Y entonces se sintió ridícula y estúpida. ¿Por qué no se lo preguntó? ¿Y si se lo había inventado todo? ¿Y por qué iba a mentir?

Recordó cómo había empezado aquella noche. Ella había estado demasiado alterada cómo para preguntar. Bastante había tenido con asimilar todo lo que él le había contado. Además, olvidaba algo importante: Chris aún seguía siendo una especie de referente para ella. La única estrella polar que no se había convertido en nómada. Se preguntó cuánto le quedaría para que se le derrumbase el mito y tuviera que aceptar la verdad de lo que su amigo hubiese hecho durante todos aquellos años. Llegó a la conclusión de que no podía fiarse de nadie. Ni de Chris, ni de Philippe, y de ningún otro hombre que apareciera en su vida haciendo preguntas extrañas.

Miró el reloj.

Era la una de la madrugada y no tenía sueño. Tuvo un impulso de abrir su maleta y pedir un taxi para que la llevase directa al aeropuerto, pero recordó las palabras de su madre: no caminar por lugares solitarios ni oscuros. Quizá no era el mejor momento. Se enjugó las lágrimas y utilizó toda su sangre fría para calmarse y recomponerse.

Después sacó su portátil de la funda y lo colocó sobre el escritorio. Lo abrió y se metió en la página web de la primera aerolínea que se le ocurrió. Origen: Charles de Gaulle, París. ¿Destino?

Tuvo una revelación. Miró el remitente de la carta que le había escrito su madre. Desde algún lugar de Glasgow. ¿Habría aeropuerto en Glasgow?

Lo comprobó rápidamente. Como fecha de ida seleccionó el día actual: 8 de febrero, sólo que aún era de madrugada. Encontró tres vuelos que salían entre las diez de la mañana y la una del medio día. Escogió el primero. A las diez y media, clase turista, quinientos diez euros con British Airways. Tendría que hacer escala en Heathrow. Seis horas de viaje aproximadamente. Bien. No seleccionó fecha de regreso. El aeropuerto de Glasgow se llama Prestwick. Se esforzó en memorizarlo.

Utilizó su nuevo nombre y el número de la tarjeta de débito que venía en el sobre para pagar el billete y su pequeña impresora para imprimir el resguardo que le permitiría obtener la tarjeta de embarque en Charles de Gaulle.

Apagó el ordenador y sacó su maleta del armario. Pensó en avisar a Ronda pero desechó la idea rápidamente. Podría preocuparla y además, ponerla en un aprieto. Lo mejor sería que nadie supiera a dónde iba a marcharse.

Cogió lo indispensable: ropa interior, dos prendas de abrigo, un par de pantalones largos, cuatro camisetas y algo para dormir, además de un par de zapatos alternativos a las botas que ya llevaba puestas.

Por un momento se le ocurrió que tal vez se había precipitado. Si Z trabajaba sobre todo en Reino Unido, ¿no sería mejor marcharse a otro lugar? ¿A España? ¿A Dinamarca?

Su madre había dicho que no les buscara, por su seguridad. Claudinne volvió al ordenador y abrió el buscador de Google. Después tecleó la dirección que venía en el remitente de la carta y seleccionó la pestaña de mapas para ver de qué lugar se trataba.

En la pantalla apareció la imagen de una oficina de correos y el logotipo de la empresa escocesa de transportes. No se sorprendió, pero a pesar de todo se sintió desilusionada.

—Ya sé… Visitaré  Western Earth y después me alejaré todo lo que pueda de las grandes ciudades y viajaré hasta el extremo Norte de Escocia —dijo en un susurro.

Y por fin un bostezo se abrió paso entre una de sus agitadas respiraciones. Se dio cuenta de que la adrenalina había decaído y de que ahora se estaba apoderando de ella una sensación de sueño exigente y demoledora. En un último esfuerzo llamó por teléfono y reservó un taxi para las siete de la mañana a nombre de Helen Mathews.

Se quedó dormida en el sofá.

 

***

Por un instante pensó que la pillarían. Pero el pasaporte falso funcionó a las mil maravillas.

—Buen viaje, señorita Mathews —le deseó la amable azafata antes de tenderle su tarjeta de embarque en Charles de Gaulle.

Facturó su pequeña maleta y se adentró en el mundo del consumismo libre de impuestos. Claudinne miraba los escaparates sin verlos. Realmente se sentía constantemente vigilada y empezaba a ser consciente de que su comportamiento paranoico iba en aumento. Se detenía cada pocos metros y miraba hacia atrás y a ambos lados porque sentía ojos clavados en su espalda y en sus costillas. Finalmente, después de asegurarse innumerables veces de que nadie la seguía, llegó a su puerta de embarque, la ocho. Se sentó y miró el reloj de su smartphone. Las ocho y media. Resopló. Aún tenía noventa minutos por delante de espera y su neurosis no hacía más que aumentar. Se giró una vez más hacia atrás y contempló a las cinco personas que había sentadas en la fila de asientos metálicos del espacio de espera continuo al suyo. Tres eran mujeres, una muy arreglada que llevaba tacones y un equipaje de mano de diseño y las otras dos vestían pantalones grises de montaña y llevaban rastas. Parecían mochileras en pleno apogeo turístico. Los dos hombres restantes estaban vestidos de traje y llevaban sendos maletines oscuros. Uno leía un periódico y el otro estaba trasteando con su tablet y tenía los oídos ocupados por unos auriculares blancos muy parecidos a los de la marca Apple.

Desde luego, nadie parecía haber reparado en Claudinne y, ni mucho menos, estar espiándola. Aún así, pensó que tenía que tomar medidas.

Si iba a desaparecer, lo haría bien. Se levantó y se encaminó hacia una de las tiendas de accesorios que había visto antes de adentrarse en la zona de las puertas de embarque. No le costó hacerse con unas gafas de sol y un gorro impermeable especial para la lluvia (que en Glasgow seguramente no le vendría nada mal). Se compró también un fular que podría utilizar para cubrirse el pelo o para envolver su cuello y parte de su melena con él. Al tener toda la indumentaria puesta se sintió algo más segura y regresó a su puerta de embarque. Allí, esperó pacientemente hasta que las azafatas indicaron que ya se podía subir a bordo.

***

Para cuando se subió en el segundo avión, en Heathrow, Claudinne ya estaba demasiado cansada como para continuar preocupándose de que alguien la siguiera. En su lugar, lo poco que vio del cielo londinense y el aeropuerto en el cual había visto a sus padres por última vez trece años atrás la sumieron en un profundo trance, lejos del mundo, se sumergió en sus pensamientos y su conciencia de todo lo que la rodeaba, azafatas dando instrucciones de emergencia, revistas para pasajeros, el niño que parloteaba a su lado con su madre sentada en el asiento trasero… Todo se desvaneció y en su mente sólo rebotaban su madre, Christopher, Z y Philippe. Y entonces hubo una turbulencia que la sacó a rastras de su ensimismamiento y se vio obligada a regresar al avión con el resto de los pasajeros. Se encendieron las luces de los cinturones de seguridad y se escucharon murmullos y algunos jadeos por parte de los viajeros más aprensivos. Las azafatas se sentaron y se abrocharon el cinturón. Estaban atravesando una zona de nubarrones oscuros y Claudinne pudo ver la tormenta que parecía estar engullendo las alas como si se trataran de un par de piezas de Lego bajo las manos despiadadas de un niño destructivo. Al ver el resplandor de un rayo no muy lejos se sobresaltó y se agarró al reposabrazos mientras contenía la respiración. Se mantuvo tensa los cinco minutos siguientes, hasta que la tormenta pasó y las turbulencias cesaron. Entonces el manto de nubes que se veía por la ventanilla se volvió blanco y Claudinne se serenó.

—Señorita Mathews, no he podido evitar darme cuenta de lo asustada que está —dijo él.

La mano estaba en el hombro de la joven. Quemaba, como aquella noche. Despacio, giró la cara hasta notar sus ojos abrasados por aquellos iris grisáceos.

Chris se las apañó para coger en brazos al niño que había sentado al lado de Claudinne y ponerlo en el regazo de su madre. Así dejó el asiento libre y pudo situarse muy cerca de su amiga.

—Dime que ibas a volver. Dime que pensabas llamarme. Que no ibas a abandonarme otra vez —susurró él muy serio.

Ella evitó su mirada y titubeó. Se había prometido a sí misma no confiar en nadie. Pues era peligroso.

Incluso en Christopher.

Pero él no iba a aceptar una respuesta evasiva. Agarró la barbilla de la joven y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Realmente estás asustada. Cuéntame qué ha pasado, Clau —dijo con un tono de lo más autoritario.

—No… No puedo. No deberías estar aquí —argumentó ella vagamente.

—Nadie sabe que estoy aquí, si es eso lo que te preocupa.

—Me preocupa que no puedo confiar en nadie —acabó por confesar ella—. Lo sé todo. Y me voy, Chris. Es mejor que nadie sepa a dónde.

Pero él agarró la mano de ella y entrelazó sus dedos con las finas falanges femeninas. Claudinne reprimió un respingo y le preocupó no ser capaz de mantenerse entera y fría con Christopher tan cerca. Olía a colonia, a recién duchado. Se estremeció al recordar.

—Mírame, Clau.

Ella no se sintió capaz de sostenerle la mirada. Pero Christopher Lowell insistió.

—He dicho que me mires —ordenó él.

Claudinne obedeció al instante. Estaba a punto de derrumbarse.

—Me da igual todo —dijo Christopher con voz grave—. Me da igual Regina, me da igual mi madre, me da igual mi padre. ¿Sabes por qué? Porque no me quieren, nunca me han querido.

Quiso decir algo pero él lo impidió, silenciándola con una caricia en los labios.

—Pero tú… Tú no me das igual. Tú me quieres y aunque pienses que no me conoces, que he hecho cosas imperdonables, y que he cambiado, sabes que me sigues queriendo y que siempre va a ser así. Y yo te quiero. Te amo. Desde que tengo uso de razón pienso en ti cuando necesito consuelo. Cuando pienso que el mundo es un lugar gris, falto de amor, falto de sensibilidad… Me vienen tus ojos a la cabeza y me desmontan todas las teorías.

Ella contuvo el aliento. Los dedos de Christopher oprimían los suyos cada vez con más fuerza.

—Así que si no puedes confiar en mí, jamás podrás confiar en nadie. Porque nadie jamás va a amarte como yo lo hago. Quiero que estés bien. ¿Sabes por qué estoy aquí? Te puse una escolta en cuanto me enteré de que podías estar en peligro. He seguido cada uno de tus pasos y lo haré hasta que me muera. ¿Te queda claro? Así que de mí no vas poder huir, al menos no hasta que sepa que estás a salvo.

Claudinne se perdió en aquellos ojos que centelleaban con más violencia que la tormenta que casi había derribado el avión apenas unos minutos antes.

—Mi madre me ha escrito —dijo ella—. He pensado en ir al Norte.

Él asintió y envió un mensaje con su Blackberry.

—Entonces la acompañaré, señorita Mathews —dijo después—. Tengo cosas que contarla.

—¿Y tu mujer? ¿Y si nos encuentra? —preguntó Claudinne en tono aprensivo.

—Por lo que a mí respecta acaba de recibir una demanda y los papeles del divorcio en nuestra suite nupcial parisina —dijo Christopher con una sonrisa triunfal.

Entonces recordó las malintencionadas palabras de Regina: “es un cazador de títulos”. “Se encagará de que recuperes todo lo que te han arrebatado”.

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Y hasta aquí!!! espero que os haya gustado!!!

besitos!!!

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