El porqué de las cosas [Relato corto] ©Cristina González 2014

Aquí os dejo un relato cortito que escribí hace poco, creo que el que lo lea puede disfrutarlo, en cierto modo. ¡Feliz lectura!

© Cristina González 2014. Queda prohibido copiar, adaptar, plagiar o distribuir bajo las sanciones pertinentes impuestas por la ley.

 

 

 

Portada relato

 

La ilusión de una madre que desea serlo es tal al quedarse embarazada que automáticamente anula la posibilidad de que todo salga mal. Y es razonable, si no nadie tendría hijos por miedo a lo que pudiese suceder: una enfermedad, una malformación, un aborto, un suspenso en matemáticas, un yerno insoportable…

Sin embargo, yo soy de esas mujeres cuya ilusión no es lo bastante intensa como para opacar el amplio abanico de posibilidades, tanto buenas como malas, que la vida puede llegar a ofrecerme. Y no es que sea fría, ni calculadora, es que he aprendido a contemplar la realidad con el objetivo de evitar vendarme los ojos antes las evidencias.

Y aún así, cuando me recomendaron practicarme una amniocentesis en mi segundo embarazo, no estuve muy convencida. Yo era consciente –y mi marido mucho más todavía– de que mis cuarenta y tres años no eran los más ideales para dar a luz otra vez, soportar una nueva gestación y tragarme las náuseas durante tres meses y las estocadas en mis costillas de los diminutos pies de mi pequeño durante otros tres. Pero yo era una mujer sana. Comía sano, estaba en mi peso y tenía buena salud mental. Mi anterior embarazo había sido normal, perfecto. Y mi niña de diez años era una criatura fascinante que me hacía ver el mundo con otros ojos. Con los suyos, tan curiosos y observadores. Una niña muy viva e inteligente. Un orgullo. Pero entonces tenía treinta y tres años y habíamos planeado tener un bebé. Ahora era diferente. Un descuido… Pero tampoco podría llamarse así. Simplemente sucedió. A fin y al cabo, estaba casada y era una mujer respetable, tenía trabajo y mi marido y yo podíamos permitirnos con relativa holgura mantener a otro hijo.

Así que cuando se me retrasó la regla y me hice un test de embarazo, recibí las dos rayitas con alegría y sorpresa. Pronto llegaron las visitas al ginecólogo y sus comentarios acerca de mi edad, aunque verídicos y respetuosos, me hicieron sentir algo culpable.

—Verás, a tu edad es recomendable comprobar que el feto no traiga anomalías genéticas. Es poco probable que ocurra, pero las posibilidades aumentan a partir de los cuarenta años y la amniocentesis es una prueba que hecha en manos de expertos, conlleva unos riesgos mínimos ––había dicho él.

A mi marido y a mí nos pareció bien en un principio. Pero aquella noche, entre vómito y vómito, una duda había comenzado a gestarse en mi interior. ¿Y si mi hijo no estaba todo lo sano que se supone que debía estar? ¿Haría yo algo al respecto? ¿Abortaría? ¿O me haría a la idea…? La ansiedad que empecé a sentir no me ayudó mucho más que los antieméticos de pacotilla que me habían recetado para no vomitar.

Pero, con todo y con eso, me hice la prueba. Y, rogando a los cielos por no tener que tomar ninguna decisión aparte de si quería la epidural en el parto, acudí a ver a mi ginecólogo para la valoración de los resultados.

––Todo perfecto, Daniela ––dijo él con una gran sonrisa.

Alivio. Mucho alivio y después el resto del embarazo con sus achaques típicos. Pronto la amniocentesis quedó en el olvido. Di a luz. Necesité epidural porque mi segunda hija venía con un par de vueltas de cordón y tardé unas doce horas en dilatar. Me dio guerra.

Pero igualmente sonreí al ver sus ojos abrirse por primera vez. Nació con mucho pelo. Le pusimos Laura. Su hermana mayor, mi otra hija, estaba loca con el bebé. Claro que se llevaban diez años y la veía como a una especie de hija más que como a una hermana. Tenía instinto maternal a pesar de lo joven que era.

Laura creció poco a poco. Le di el pecho hasta los seis meses y después fui introduciendo verduras, algo de carne, algo de pescado y el huevo en la dieta. Mi pediatra estaba muy contento.

Pero el instinto de una madre es sabio. Y, pese a que muchas pecamos de exceso de preocupación, yo tenía la sensación de que mi segunda hija no avanzaba tan rápido como la primera. Quizá esa manera de gatear tan poco natural… Hice mal al decidir que eran neuras. Con dos años y medio, sólo la había escuchado llamarme mamá unas tres veces. Me informé y al parecer existen críos que empiezan a hablar de golpe a los tres años. Entonces decidí que no debía preocuparme más de lo necesario.

Unos meses después, la chica de la guardería me hizo un aparte para hablar conmigo a solas.

––Deberías llevar a tu hija a algún médico… Tengo mucha experiencia, llevo veinte años viendo niños a diario y, tal vez, quiera Dios que me equivoque, Laura tenga algún problema. No se relaciona con otros niños. Muerde demasiado todos los juguetes…

Se lo agradecí eternamente. Porque ella no quiso ofenderme, sólo advertirme. Y es que, no hay evidencias más difíciles de ver que las que uno tiene delante.

Laura creció. Pero jamás fue capaz de hablar, ni de razonar, ni de otras muchas cosas. Lloré. Mi marido lloró. Mi hija mayor al principio no lo comprendió. ¿Por qué Laura no era normal? Laura había sido diagnosticada de una patología criptogénica –es decir, de origen completamente incierto–. Ni un estudio genético, ni endocrino, ni de ninguna clase llegó a ninguna conclusión.

Con los años, los duros años de sacar a mi hija adelante, tras muchos desvelos, pañales y neurolépticos comprados, pensé que daban igual los diagnósticos. Mi marido seguía obsesionado en buscar culpables: que si el parto no fue bueno, que si se equivocaron en alguna prueba, algún alimento que no toleró… ¿Qué más daba? Era mi hija y yo la quería, fuera como fuese, tuviera lo que tuviese. Ponerle nombre a aquello que le ocurría no serviría para aplacar el desconcierto ni la culpabilidad. No sabemos si fue mi edad, el parto… No tenemos ni idea. Pero cuando ella me mira y acerca su cara a mi boca para que le dé un beso, ya nada más importa.

Sólo sé que agradezco que la amniocentesis no me hubiese avisado. Porque todo tiene una razón de ser y Laura nos ha hecho evolucionar a todos. Supongo que, al final de todo, ignoré algunas de las posibilidades que la vida podía ofrecerme. Porque cada paso que avanzamos es un riesgo que, inevitablemente, hemos decidido asumir.

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